El fracaso revolucionario de las «vanguardias artísticas»


En términos generales, las «vanguardias artísticas» expresan el rechazo a los cambios sociales de finales del siglo XIX y principios del XX; rechazo que se refleja en el terreno del arte. Las «vanguardias» engloban los movimientos históricos como el dadá y el surrealismo.[1] Ambos son testimonio de la transformación del conjunto del arte desde la práctica artística. «Lo que tienen en común estos movimientos, aunque difieren en algunos aspectos, consiste en que no se limitan a rechazar un determinado procedimiento artístico, sino el arte de su época en su totalidad, y, por tanto, verifican una ruptura con la tradición».[2] Esta ruptura se llevó a cabo una vez que las «vanguardias» comenzaron a pensar de otro modo la relación entre el «artista», el espectador y la obra, cuestionando el status autónomo de ésta última. Esta crítica severa a la tradición artística buscaba transformar al arte en su conjunto.

Es importante señalar, sin embargo, que en el ámbito del arte visual (pintura y escultura) se denominan con el término «vanguardia» a los movimientos que se produjeron a partir de la segunda mitad del siglo XIX.[3] De estos últimos trata mi reflexión; entre ellos se encuentra el impresionismo, que surgió una vez que la fotografía intervino en la representación visual de los objetos.[4] Lo cierto es que ni la pintura ni la escultura respondían a la auténtica ruptura con la tradición de las «vanguardias» del siglo XX, pues «formaron parte del corpus artístico aceptado». Es decir, estos movimientos artísticos no son propiamente de «vanguardia» en la medida en que aún pretenden formar parte de la «institución arte»; mientras que el dadá y el surrealismo pretendieron desaparecer dicha institución.

Independientemente de esta distinción, hay que hacer notar que en el terreno de las artes visuales los proyectos de la «vanguardia» no alcanzaron el objetivo revolucionario y no podrían haberlo alcanzado jamás. El fracaso de estas «vanguardias» es doble. Por un lado, es el fracaso de la modernidad; ésta sostenía que el arte debía ser una expresión renovada de los tiempos. Tal exigencia de modernidad en las artes equivale a asumir la falsa analogía de éstas con la ciencia y la tecnología: aplicar al arte la idea de novedad y progreso. Esto quiere decir que cada nueva forma artística de expresar los tiempos debe ser superior a la anterior. Sin embargo, «la modernidad reside en los tiempos cambiantes y no en las artes que tratan de expresarlas».[5]

El segundo fracaso se deriva del primero: la técnica en la producción artística. La historia de las artes visuales del siglo XX no es otra cosa que la lucha contra la obsolescencia tecnológica. Esto se debe sobre todo a la limitación que significaba, por ejemplo, la pintura de caballete, que era una técnica obsoleta para expresar los tiempos modernos. Ésta pronto se confrontó con la técnica fotográfica que, en principio, le permitía al hombre representar de manera más detallada el mundo. Es así que las vanguardias visuales, refiriéndonos en un principio a los impresionistas, y luego al arte abstracto, trataron de luchar contra las técnicas obsoletas de expresión con nuevas formas de representación.

Concientes de la competencia tecnológica y de su incapacidad para sobrevivir a ella, las artes visuales y los artistas dotaron de emoción a la realidad. Es decir, trataron de desplazar a la pintura de lo que ve el ojo a lo que para ellos evocaban los cielos, los árboles o las personas. Pasaron de la mera representación detallada del mundo, que se lograba mejor con la fotografía, a evocar emociones por medio de la utilización del color y de los elementos naturales; lo cual se conseguía, la mayoría de las veces, a través de la representación de la luz a diversas horas del día.

Los nuevos lenguajes empobrecidos de la pintura «comunicaban» mucho menos que los viejos, lo cual hacía muy difícil o incluso imposible «expresar los tiempos» de forma transferible. Los nuevos lenguajes que produjo la pintura necesitaban de subtítulos y comentaristas: esto evidenciaba que el nuevo siglo se podía expresar mejor a través de nuevos medios. Cualquier cosa que quisiera hacer la vanguardia pictórica o era imposible o se podía hacer mejor por otro medio. Por tanto cualquier reivindicación revolucionaria de esta «vanguardia» era metafórica. Como consecuencia de este doble fracaso, las «vanguardias» se debatieron entre la convicción de que no había futuro para el arte del pasado y la certeza de que al desempeñar el viejo rol social de «artistas» y «genios» justificaban su quehacer y lo vinculaban con la tradición artística del pasado.[6]

No obstante, la verdadera revolución del arte se dio fuera de lo que se conoce formalmente como «arte». Fue obra de la lógica combinada de la tecnología y el mercado de masas, lo que equivale a decir que fue obra de la democratización del consumo estético. Fue obra del cine, hijo de la fotografía y arte capital del siglo XX. Si bien las vanguardias históricas del siglo XX no lograron el cometido de derribar la totalidad del arte de su época, habría que rescatar su postura crítica y su necesidad de establecer una relación distinta con la obra. Relación que comenzaba a estar mediada por la intervención de la reproducción técnica y que manifestaría, a su vez, la transformación del conjunto del arte.


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[1] Cfr. Peter Bürger, Teoría de la vanguardia, nota 4, p. 54-55.
[2] P. Bürger, op. cit., nota 4, p. 54.
[3] Cfr. Eric Hobsbawm, A la Zaga. Decadencia y Fracaso de las vanguardias del siglo XX.
[4] Cfr. E. Hobsbawm, op. cit., p. 25.
[5] Ibíd., p. 14.
[6] Cfr. Ibíd., p. 29.

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